Bajo la piel putrefacta | Relato corto

Bajo la piel putrefacta



Everoy de Harkalan, contratador de asesinos y criminales, observó escéptico a los cuatro individuos seleccionados para matar al rey.


—Bien, de entre los solicitantes, ustedes cuatro habéis sido elegidos para tomar el contrato —explicó, inspeccionando los amarillentos papeles—. Todos presentásteis fichas con información referente a vuestro historial como asesinos. Lezares Hart. Pirata, responsable por saquear una docena de barcos mercantes en las costas de Al-Dürn. 


—Soy yo —dijo una mujer alta y esbelta, cubierta en armadura de cuero negro.


—Mhmm. Mihaela de Izgloviaro, antigua adivina y acróbata, actual asesina a sueldo. Experta en el manejo de  cuchillos arrojadizos.


—Aquí —contestó era una joven bajita, envuelta en ropajes púrpuras con patrones florales. 


—Ajá. Endronikos, el cantor lúgubre… Ah, a tí yo te conozco. ¿Eres de los Vur-Nishaur, no? 


El gigantesco engeriano asintió y se pasó la mano por la afeitada cabeza. 


—Muy bien. Y… Kennes. Sólo Kennes. Experto en diversas técnicas de combate.


—Aquí estoy —masculló el hombre que portaba un tricornio oscuro, similar al tono de su gabardina. 


—Debiste llenar tus datos —Everoy examinaba los papeles, aunque sabía que no encontraría ahí nada que lo satisficiera—. Esto es raro, ¿Por qué no me suena tu nombre? 


—¿Qué no son los mejores criminales aquellos cuyo nombre no es conocido? —respondió Kennes con su marcado acento baurgonathi, mientras encendía su fino cigarro con la vela del escritorio.


—En el bajo mundo no, hijo —le reprochó Everoy con tedio—. ¿Y qué son esas cosas que traes en el cinto? ¿Por qué las bolsas? ¿Y esa piedra, qué es? ¿plata? Parece plata.


—Es mi amuleto, señor Everoy. No sé qué tiene de malo. 


—¿Amuleto? —dijo Everoy despectivamente—. Agh. Mira, no confío en ti. Eres extraño. Pero bueno, si los Kardiaskoth te consideraron apto, no puedo negarme. 


Everoy respiró pesadamente, con los ojos llenos de cansancio. 


¿Estáis listos? —continuó—. ¿Podréis llevar a cabo el trabajo mañana?


—¿Tan pronto? —preguntó Lezares


—La razón por la que os pido tal prontitud—explicó el contratador—, es por que el rey está por enviar a gran parte de su ejército al norte, con los catafractos de Entaiok. Se quedará con muy pocos guardias en el castillo, así que la tendréis muy fácil.


—Está bien —contestó Endronikos


—Igualmente por mí — Lezares cruzó los brazos sobre el pecho.


—Lo mismo —añadió Mihaela


—Ajá —gruñó Kennes


—Venid por el pago cuando se corra la noticia de su muerte. Eso sí, necesito que sean los cuatro quienes vengan al mismo tiempo para cobrarla. Eso es una orden directa del contacto que nos dio el trabajo —remarcó—. Ahora, por favor, firmad aquí. 


El contrato estaba hecho en una hermosa letra manuscrita, algo raro en el submundo de Solfylte Enger. Igualmente llamó su atención un sello de cera, a la imagen de una daga sobre un cráneo humano.


—Bonito sello —remarcó Kennes. 


Todos ahí firmaron, excepto Mihaela, que no sabía escribir, y que en su lugar dibujó una raya. 


También, tomad esto. Es un mapa de la fortaleza —Everoy le entregó a Lezares un trozo de pergamino—. Os he proporcionado todo, más vale que esto salga bien. 


—No se preocupe, Everoy —sonrió Kennes—. El rey ya está muerto. Solo nos queda asesinarlo.




Los cuatro asesinos se deslizaron entre la noche, amortiguando el ruido de sus pasos con el silbido del viento entre la alta hierba. Desde lo alto de la colina contemplaron las torres del castillo, como altas agujas negras que brotaban hacia en el cielo nocturno. Kennes avanzó tomando la delantera y escrutó las cercanías con un par de binoculares.


—No veo soldados en las murallas exteriores —Dijo mientras exhalaba humo de su fino cigarro


Mihaela eligió una carta bastante desgastada de entre su baraja, y apreciándola bajo la luz de la gibosa luna, dio su veredicto:


—Los Arcanos del Ghintatrian dicen que tendremos éxito esta noche. Sólo debemos ser cuidadosos.


—No apostaré mi vida a unos papeles con garabatos —protestó Lezares, con un tono aun más frío que el viento de aquella noche—. Kennes, ¿Notas algo más? ¿Qué ventanas tienen luces encendidas?


—Ninguna. Está todo oscuro. Tampoco hay señales de movimiento, como si el lugar estuviera abandonado. Aparentemente es cierto, el ejército de su decrepitísima Alteza se encuentra apoyando a los catafractos en el norte. 


—Perfecto —Dijo la antigua pirata—. Everoy es buen informante. Todos, tomen sus cosas. Aligerad.


Mihaela rodó sus dados, contó el resultado y vaticinó su suerte futura. Kennes guardó sus binoculares en su morral, tiró su cigarro al suelo y lo aplastó con el pie. El lúgubre Endronikos levantó su hacha y se la puso sobre los hombros, mientras tarareaba una melodía inquietante y oscura. 


Los muertos lloran, sin cesar


desde sus tumbas de piedra


pues allá abajo en, la tierra


extrañan el res-pirar.




Escalaron las murallas utilizando una serie de cuerdas y clavijas que enterraban entre los viejos y húmedos ladrillos. Kennes, quien fue el último en ascender, recogió las cuerdas y se las guardó. Desde lo alto, pudieron observar mejor el castillo.


Las torres estaban hechas de piedras muy antiguas, cubiertas por una densa capa de moho y mugre. Los tejados, que hace mucho tiempo eran de un rojo vibrante, habían perdido por completo su tonalidad, y ahora eran de un color que se acercaba al óxido. La estructura en sí parecía torcida, como si el tiempo mismo intentara arrastrarla a las cavernas insondables, junto a todo aquello que ya no tenía cabida en la superficie. 


—Hay una luz en esa ventana —Apuntó grave Endronikos, rompiendo el nebuloso silencio.


—Taranis. Es cierto —Kennes miraba por los binoculares. En la torre más alta y gruesa, un pequeño resplandor anaranjado salía del sucio vidrio—. Mihaela, revisa el mapa, por favor.


—¿La luz está en la torre de homenaje?


—Ajá.


—Es la recámara del rey —Murmuró pausadamente, como si no creyera sus propias palabras— Está marcado con una corona. 


—Interesante. Imagino que también es de la reina, ¿no? —Inquirió Lezares


—No —Contestó Endronikos, mirando el mapa sobre el hombro de Mihaela—. La reina tiene su habitación en otra torre, esa de allá.


—¿No comparten habitación? Ja, se ve que el monarca es un tipo de lo más agradable —Especuló Kennes, mirando el mapa—. Pero bueno, al menos nos facilitará las cosas. ¿Por dónde podemos entrar?


—Aquí hay una flecha de tiza roja —Apuntó Mihaela—. ¿Qué es lo que dice, Kennes?


—Hmm, déjame ver —Dijo señalando el texto sobre el papiro—. Esas son las cuadras. Dice a un lado que es una buena entrada al castillo, anotación de Everoy supongo. 


—¿Por las cuadras? —Cuestionó Lezares, incrédula. 


De la nada se escuchó un chirrido que les puso a todos los pelos de punta. La puerta de la torre que les quedaba al lado se abrió, y salió un guardia que llevaba una antorcha. Al verlos maldijo, puso la mano en el pomo de la espada y se lanzó contra Mihaela. Hubo un movimiento relampagueante y un destello metálico. El guardia se vino abajo con estrépito, retorciéndose como un gusano moribundo. De su cuello salía un pequeño cuchillo. Bajo su cara, un charco viscoso comenzó a crecer sobre las mohosas piedras. 


—Bien hecho, Mihaela —Lezares contemplaba al guardia, quien se ahogaba en su propia sangre—. Parece que realmente no estamos tan solos como pensábamos. 


—Hmmm —sonrió Kennes mientras se agachaba al lado del cuerpo y le hurgaba entre la armadura. 


—¿Se puede saber qué estás...? 


Kennes mostró una pequeña bolsita de cuero que tintineó al agitarla. Siguió buscándole en los bolsillos, pero algo inesperado ocurrió. Se hizo atrás con un sobresalto, cayendo sobre sí mismo. Gruñó en lengua baurgonathi lo que sólo podía ser una maldición bastante fuerte. 


—¿Qué coño…? —Lezares se apartó rauda


Entonces todos conocieron lo que había provocado la reacción de Kennes. Cuando volteó el cadáver, vieron  que tenía la piel retorcida y arrugada como si fuera un anciano. En varias partes le faltaban pedazos que dejaban expuesta la carne.


—Ugh, me ha dejado los guantes llenos de esa sjat’o —bufó Kennes mientras se limpiaba los trozos de piel desprendida contra su pantalón.


—¿Qué es esto? ¿Una enfermedad? —preguntó Mihaela, observando desde lejos. 


—Nunca he visto algo así… —Lezares se cubrió la boca—. Abzur bendito, se está pudriendo… 


El hedor que surgió del cadáver era pungente e insoportable. Mihaela se agarró a una de las almenas y tosió como si fuese a vomitar, pero se contuvo. 


—Bueno, ¿Ya podemos seguir?—Kennes tiró sus guantes por el borde de la muralla


—No. Yo no lo haré —murmuró Lezares—. Es demasiado riesgo.


—Pues como desees. A mí no me da miedo un poco de lepra.


—Esto no es lepra, idiota. Esto… No sé qué es esto, pero no quiero acercármele. Haced lo que queráis, pero no me arrastréis con vosotros. Si este cabrón está infectado, todo el puto lugar puede tener el miasma.


—Me tiembla el corazón del miedo. Lárgate si quieres. Eso sí, suerte bajando las paredes sola. 


—No, no te irás a ningún lado —amenazó Mihaela con la voz silbante—. Recuerda, Kennes. Ella firmó un contrato con nosotros. Everoy dijo que sólo los cuatro juntos podíamos cobrar la recompensa. 


—¡¿Qué no tenéis puto cerebro?! ¡No quiero contagiarme! ¡Bastante ya tuve con el escorbuto!


—Lo siento mucho, señorita Lezares, pero Mihaela está en lo cierto —recalcó el cantor lúgubre—. Firmásteis un contrato con nosotros. Tendréis que acompañarnos.


—Sois todos ustedes unos imbéciles malnacidos e hijos de perra —gruñó, clavándole a todos una mirada asesina.


—Orgullosamente —dijo Kennes sonriente, quitándose el sombrero.


Ambos cruzaron miradas. El viento aullaba y hacía ondear sus ropajes.


—Estábamos discutiendo si entrar por las cuadras —recordó Mihaela. 


—Cierto —afirmó Kennes—. Yo apostaría por esa opción. ¿Alguien tiene una mejor idea? 


Los demás se mantuvieron en silencio.


—¿No? Bien. Entonces, en marcha. 


Se encaminaron a las cuadras, esperando caballos.


 Los recibió la sangre.




Avanzaban lentamente iluminados por un compuesto alquímico que Kennes sujetaba, cuando de repente Mihaela soltó un grito desgarrador y cayó de bruces al suelo. Todos sacaron sus armas, se pusieron en posición de combate. Kennes, moviéndose lentamente, acercó el compuesto luminoso hacia Mihaela. Tenía en el abdomen una flecha clavada.


 En medio de la oscuridad, se escuchó el ruido metálico de las espadas al desenvainarse, como contrapunto a los quejidos lastimeros de la asesina. 


—Suelten... sus armas... —siseó la voz anestesiada de un hombre. 


Alguien oculto golpeó dos piedras, encendiendo un brasero con un estallido ígneo. Kennes los contó. Eran tres guardias: Uno con sable, uno con arco y otro con lanza. Sin embargo, tenían algo extraño y antinatural. Sus cuerpos se tambaleaban de un lado a otro, como si estuvieran adormecidos o bajo el efecto de una droga.


—Suelten… Sus armasss… —repitió el guardia, con la cabeza caída. 


Algo se lanzó hacia los guardias como un torbellino de hierro. Era Lezares, quien blandió su cimitarra ferozmente. Saltaron las chispas, pues su hoja fue bloqueada en medio del aire. La asesina clavó sus ojos en su oponente.  El guardia levantó la cabeza, mostrando una sonrisa sardónica. De un puñetazo al estómago arrancó a la asesina del suelo y la lanzó varios metros atrás. El mismo guardia, riendo, azotó su sable contra Kennes con una fuerza sobrehumana. Kennes bloqueó el golpe, pero la daga que sostenía fue arrojada lejos, perdiéndose entre la oscuridad de la caballeriza. Vio de nuevo el sable del guardia levantarse sobre él y se cubrió con sus brazos, pero Endronikos cargó y cayó sobre su enemigo justo a tiempo. El hacha del engeriano le partió la cabeza en dos, salpicando pedacitos de carne y materia gris. 


Kennes, al darse cuenta de que seguía con vida, sacó su ballesta de mano y apuntó al arquero.Tiró del gatillo. La saeta acertó y se le hundió en el pecho al guardia, pero este no cayó, sino que tiró su arco y agarró la maza de su cinto. El guardia fue contra Endronikos, quien no lo vio venir, y le asestó un fuerte golpe en la cintura. Aún con el gambesón, la maza le hizo tronar los huesos. El engeriano apretó los dientes, bramó, y barrió con el hacha a su atacante. Le dio en la mandíbula, arrancándola del cráneo.


Ambos asesinos dirigieron sus miradas al último guardia que quedaba en pie, empequeñecido contra el bracero, apuntándoles con su lanza.


—Bien, amigo, te tenemos tres contra uno —amenazó Kennes, masajeándose la mano—. Podemos hacer esto de la manera rápida, o de la dolorosa. Tú eliges. 


El guardia pareció no escuchar lo que dijo, pues levantó su lanza y cargó directamente hacia él. Se escuchó un quejido y el guardia pareció tropezar, desplomándose al suelo. Un pequeño cuchillo salía de su rodilla. Endronikos no perdió tiempo, y le rebanó la cabeza de un golpe de su hacha. No volvió a levantarse. Ya no era un peligro.


Todos se encontraron con el pesado sonido de su respiración. El combate, como era costumbre, dejaba náuseas en los supervivientes. A algunos por el miedo, a otros por el asco. Kennes no tenía tiempo para detenerse, y saltó hacia Mihaela, quien tenía la boca y la nariz empapadas en sangre y saliva. 


—¿Estás bien?


—Ha… ¿Te importa de verdad, Baurgonathi?


—Te pregunté algo. ¿Podrás continuar?


—¿A tí te… Gah… Te parece —tosió sangre—… Que podré hacerlo? —Se puso la mano en el abdomen y contempló el líquido oscuro e hirviente que la empapaba— Ya le diréis a Everoy por qué no me presenté. Jeje, los putos arcanos… Mintieron…


 —¡Mihaela! ¡Mihaela! 


Kennes se dio cuenta al poco tiempo que el cuerpo que agitaba no despertaría.


Está muerta —masculló—. Endronikos, ¿Puedes seguir?


—Sí. 


—Bueno, entonces apresurémonos. No queremos que descubran el cadáver antes de acabar el trabajo. Ah, maldita sea. Que el caos me lleve, el bastardo casi rompe a mi tesorito de un solo golpe—se quejó mientras veía la daga, la cual estaba doblada por la mitad—. Ugh —gruñó cubriéndose la boca—. Los cuerpos se están pudriendo otra vez. Empiezo a temer que Lezares haya tenido razón.


—¿Lezares? —preguntó Endronikos


—Sí. Lezares. ¿No está ahí?


El engeriano negó con la cabeza. Kennes maldijo en silencio.




Todo daba igual para ella ahora. Sólo quería escapar, habiendo aprovechado la pelea para alejarse de los otros. La verdad es que ella lo presintió desde el principio: Algo no era normal en aquel puto castillo de los horrores. Poco importaba el dinero que le permitiría retirarse y pasar el resto de sus días en paz. No, ahora todo lo que quería era vivir, poder respirar de nuevo la brisa marina. Pero había un problema. Las ventanas estaban cerradas con llave, y algo se acercaba por el corredor. 


Aquella cosa parecía andar con pasos lentos que resonaban en el suelo de mármol. Lezares no podía ver bien qué era, pues sólo tenía el lívido brillo de la luna que entraba por la bóveda de cristal. No obstante, sabía que no era humano. El sonido de su andar era hueco, acompañado de extrañas vibraciones. Sin siquiera pensarlo, echó a correr en la dirección que pudo. Abrió la puerta más próxima de golpe. Ascendió unas escaleras de caracol, volteó a la derecha en una encrucijada, volteó de nuevo, subió otras escaleras y entró a una habitación. Apagó de un soplido una vela puesta junto a la ventana, abrió los sucios cristales y miró por el borde. Era demasiado alto para saltar. Rebuscó en su cinturón, pero maldita sea, el puto Kennes se había quedado sus cuerdas y clavijas. 


Entonces escuchó el sonido de nuevo, las pisadas lentas, huecas, como si la oscuridad a su alrededor temblara. Lezares se escondió bajo el fino escritorio de ébano, rezando en silencio a los señores del mar. En medio de la penumbra, algo se movió. Algo que no era ella. Algo que no era humano. 




—Es aquí. Endronikos, pásame las ganzúas, por favor —susurró Kennes, contemplando el mapa con ayuda de su compuesto alquímico fulgurante—. Por fin. La habitación del rey. 


Kennes se tronó los nudillos, introdujo los artefactos de metal en la cerradura y procedió a hacer unos extraños movimientos pegando su oído a la puerta. Se escuchó un clic, y la puerta se abrió lentamente. Kennes entró a la habitación daga en mano, apoyando lentamente los pies sobre el suelo.  Contempló a la figura bajo las sábanos, indefensa, casi pidiendo ser violentada. Un corte en la yugular, y recibiría suficiente dinero como para comprarse un buen caballo, un traje nuevo y un baño. Un corte, y el país tendría otro monarca, alguien que lo reconstruyera tras este tirano sanguinario que llevaba setenta años en el trono. Un corte, y tendría menos ganas de acabar con su propia vida. Pero entonces pisó algo, algo que hizo un ruido casi gelatinoso. Kennes se quedó totalmente inmóvil. 


Para su sorpresa, la figura de la cama no se movió. Se mantuvo quieta y silenciosa como una tumba. Volteó hacia Endronikos, quien lo esperaba en el marco de la puerta, sosteniendo el compuesto fulgurante. El engeriano, quien también escuchó el sonido, no sabía qué hacer. Kennes se tragó una maldición, y si bien tenía un horrible deseo de saber qué había pisado, no perdió la oportunidad. Despegó su pie con cuidado de la sustancia viscosa y se deslizó hacia la cama. Levantó su acero sobre el rey, quien dormitaba bajo las sábanas en el más absoluto silencio. Y lo acuchilló.


No sintió movimiento. Pensando que había errado, le clavó la daga una segunda vez. Una tercera. Y una cuarta. Pero no hubo gritos. No hubo espasmos, ni pataletas, ni plegarias a las deidades. 


Lo que había apuñalado ya estaba muerto. 


Kennes jaló las sábanas y descubrió la figura. Vio ahí un torso desmembrado que portaba una armadura de cuero negro. Retrocedió, murmurando una oración a Vároc, y pisó de nuevo el objeto gelatinoso. Endronikos le lanzó el compuesto alquímico. Lo atrapó en medio del aire, y tan rápido como pudo, iluminó el objeto. 


Se arrepintió. Y mucho.


Lo que yacía en el suelo era una masa cárnica retorcida, un montón de órganos abigarrados similar a lo que uno vería en los desperdicios de un matadero. Cuando Endronikos entró e inspeccionaron el resto de la recámara, se dieron cuenta de todo lo que tenía para ofrecerles. Intestinos enredados en el candelabro, piernas y brazos arrancados en la chimenea, manos saliendo de jarrones de porcelana, y sobre el fino escritorio de ébano, una cabeza. La cabeza cercenada de Lezares, con las cuencas oculares vacías. Clavado a la madera con la cimitarra había un papel doblado y ensangrentado. 


—Vároc bendito. 


—Kennes, ¿Qué puta mierda es esto? 


—Endronikos, escúchame, por favor. Tengo algunas confesiones que hacer, pero si me haces caso quizá podamos salir con vida de este maldito lugar.


—Habla, habla y rápido.


—Bien —tomó un respiro—. Mi nombre no es Kennes. Soy Dolon Strattvion, y soy un inquisidor encubierto para los Baurgonathi. Por eso mi acento


—¿Inquisidor? ¿Y por qué coño tomaste un trabajo de asesino? ¿Esto es para matarnos?


—Tranquilo, tranquilo. Estoy de tu lado. Verás, hace un par de meses, la Inquisición me envió para matar al rey, ya que sus políticas mercantiles no le convienen al imperio de Vároc. Ahora, gracias a mi posición de incógnito tengo numerosos contactos en el bajo mundo. Hace poco me enteré de que un tal Everoy estaba buscando gente para llevar a cabo la misma misión que me habían dado a mí. Los motivos no me importaban. Me uní por un motivo simple: tendría gente que me ayudara con la misión, y me pagarían por cumplirla. 


—Y Kennes sólo es un nombre falso —asumió—. Idiota no eres. 


—En efecto. Y gracias a mi entrenamiento especial como inquisidor del Amo del Orden, creo que reconozco lo que nos acecha en la oscuridad.


— Ahh. ¿Y qué hideputa retorcido es este? ¿Es un animal? ¿Es mágico? ¿Cómo se le mata?


—Tengo que asegurarme antes. Te diría que un espíritu del Caos, pero no sé. Déjame ver qué dice esta carta. Parece que Lezares nos lo dejó antes de su repentina muerte.


Dolon arrancó la espada de la madera y tomó el papel.


—¿Qué es lo que dice?


Dolon leyó rápidamente los contenidos, abriendo los ojos del miedo conforme avanzaba. 


—Oh, oh Vároc…


Releyó el texto para asegurarse de haberlo leído bien. Lo había hecho. Maldita sea, lo había hecho.


Se la pasó a Endronikos. Estaba escrita con una caligrafía fluyente y preciosa, y más abajo tenía un sello que mostraba a una daga sobre un cráneo humano. 




[...] Espero con toda sinceridad que le plazcan los ejemplares que le seleccioné con pleno cuidado. Sin duda le proporcionarán un magnífico entretenimiento, pues son de diversas habilidades y maneras de pensar.  Cordialmente me despido, mis mejores deseos para que vuesa majestad experimente una fructuosa cacería. 


Everoy de Harkalan.




Endronikos creía entender lo que ocurría. Esperaba equivocarse. 


—¿Tienes puta idea de qué está pasando? —le preguntó a Dolon— ¿Everoy sabía de esto?


—Esto es peor de lo que creí. Esto es mucho, mucho peor. Si tienes favor con los Espíritus, rézales. Si no, sígueme. Quizá aún podamos escapar. A esta cosa no se le puede combatir.


— La ventana. Salgamos por la ventana.


—Buena idea.


Tan pronto como Dolon se acercó, algo dio un golpecito en los sucios cristales. Luego otra vez. Y otra más. De repente, del cielo cayó una lluvia torrencial que en poco tiempo hizo azotar los postigos. Estallaban los relámpagos, aullaba el viento entre las almenas, se alocaban los árboles en la lejanía.


—Deda it’Irebs… —maldijo Dolon— Ahh. Bien, no hay opción. Sigamos por el pasillo. No parpadees. Y vigila el techo, siempre vienen por el techo. 


Dolon tenía razón, pero faltaba un poco para que Endronikos se diera cuenta. 




Avanzaban lentamente por el pasillo, cuidando cada paso que daban. A cada esquina, el inquisidor iluminaba los recovecos oscuros con su compuesto alquímico. En la otra mano no llevaba su daga, sino la piedra argéntea. Endronikos iba detrás de él, constantemente viendo hacia sus espaldas. Aunque Dolon le había dicho que sería inútil, todavía llevaba su hacha en mano. Nunca estaba de más defenderse. Pero entonces el inquisidor se detuvo de golpe. 


—Endronikos, espera…


—¿Qué?


—No puede ser tan sencillo… Estamos a unos pasos de salir. Lo más seguro es que nos esté esperando más adelante. 


—¿Y  qué sugieres? ¿Tomamos otro camino? 


—Agh, mierda. No lo sé. Quizá eso es lo que quiere que hagamos. Pero joder, sería demasiado obvio si fuéramos por la salida que nos queda más cerca. 


—¿No hay alguna otra por acá? 


—Hmmm… Sí. Esa puerta de ahí. ¿Vamos’


 —Adelante.


Dolon giró muy lentamente la perilla y abrió la puerta del mismo modo. Se asomó a la densa negrura, esperando que en cualquier momento aquella cosa atacara. Pero lo recibió únicamente la quietud. 


—Parece ser seguro. Podemos entrar.


Lo hicieron. Endronikos cerró la puerta. Y cuando estaban a la mitad de la habitación, a ambos se les heló la sangre.


Lo escuchaban venir, pero no sabían de dónde. El sonido parecía venir de dentro de las propias paredes, como si reptase por ellas. Antes de que pudieran volver, un objeto dorado reflejó la luz del compuesto alquímico. Era una corona. Abajo de ella brillaban unos ojos amarillos. Y una sonrisa demasiado blanca. 


—¡Es él! ¡Cuidado!


Dolon saltó hacia una esquina y tiró una mesa por delante suyo. Se aferró a su piedra argéntea, rezándole a Vároc, Señor del Orden. Escuchó pasos huecos, que sin duda no eran de un cuerpo terrenal. Pero no iban hacia él.


Endronikos, sin forma de ver en la oscuridad, pegó su espalda contra el muro. Sentía las gotas de sudor caer de su cráneo y empaparle la ropa bajo la armadura, en el cuello y en las axilas. El aire estaba demasiado frío, y le costaba respirar. Por si fuera poco, las manos le empezaron a doler por la fuerza con la que apretaba el hacha. Pero a pesar de todo, se mantuvo en pie. Aún veía el débil fulgor del compuesto alquímico de Dolon, el cual le daba esperanza. Pero, de la nada, la luz se apagó. El corazón se le encogió al engeriano, quien hizo un último esfuerzo y rugió con toda la fuerza de sus pulmones:


—¡DOOOLOOON! 


Corrió hacia su compañero, pero chocó contra una pared. Gruñendo, la tanteó, mas había algo extraño… Era casi… Gelatinosa. Fría. Y se dio cuenta de lo que estaba pasado. Comenzó a sentir púas como dagas penetrando su gambesón y metiéndosele bajo la piel. No intentó luchar. Sabía que estaba perdido. 




Dolon había dejado de escuchar la respiración de Endronikos hacía unos segundos, y temía lo peor. No sudaba tanto desde que los sarracenos del sur lo persiguieron en la ciudad de Entaiok. Solo que en ese entonces, lo que combatía era una fuerza humana. No esto. 


Sintió la oscuridad vibrar a su alrededor. Odiaba a Vároc, pero había sido su inquisidor toda su vida. Al menos intentaría salvar su alma. Si el emperador del Orden era justo, que le permitiera tan sólo eso. 


Tomó su daga y se cortó la muñeca, impregnando su sangre en el mineral que llevaba consigo. No sabía cómo sentirse, pero no fue problema, ya que poco después no sintió nada. Sólo había silencio. Y oscuridad. Una desagradable, tiesa, e inmunda oscuridad.




Alguien tocó a la puerta de Everoy de Harkalan. ¿Quién podría ser a esas horas? El contratador se acercó dudoso y giró la perilla. Tan sólo abrió, una saeta voló de entre la oscuridad y se le enterró en el hombro. Con un grito, Everoy cayó al suelo, intentando patéticamente detener el sangrado con sus manos. Un hombre en gabardina entró de repente y le retorció la saeta desgarrándole el músculo. Everoy apretó los dientes, lagrimando, mientras intentaba patear y golpear al hombre. Chillaba como un cerdo.


—La combinación, si sois tan amable —Siseó el extraño. Un pañuelo le cubría la boca.


—Agh… Hijo de puta… Los Kardiaskoth te desollarán vivo por esto. 


—Lo sé, pero parece que no me has entendido —dijo apuntándole una ballesta de mano a la entrepierna—. La combinación. O dispararé. 


—Gah… Tres cuatro siete cinco—masculló


—Gracias, Everoy. 


El hombre jaló el gatillo. Everoy aulló y berreó, golpeó el suelo con las manos. Se retorció por varios segundos, hasta que escuchó un ruido mecánico, como de una compuerta que se abría. Luego vio al hombre caminar hacia la entrada metiendo a una bolsa los lingotes de oro de su caja fuerte. El atacante se retiró el pañuelo de la cara, y encendió un cigarillo con la vela del escritorio. Con calma lo saboreó y exhaló el humo, volteando al contratador con una sonrisa sardónica. 


—Everoy, una lástima que no hayas podido disfrutar de tu riqueza —rio mientras se agachaba sobre el pecho de su víctima—. Pero no te preocupes, me ocuparé de que tu oro sea lo último que veas antes de morir. —haciendo una mueca siniestra, sacó un lingote de la bolsa—. Dulces sueños...


—¡NO! ¡KENNES! —se aferró y arañó la mano del asesino, intentando detenerlo— ¡ESPE-


La barra de oro sólido se aplastó contra la cabeza de Everoy, rompiendo su cráneo con un solo golpe. Dolon agarró las velas y prendió fuego a los tapices de la habitación, esperando que eso fuera suficiente para causar un incendio. Silbando dulcemente, desapareció entre las nieblas nocturnas del bajo mundo de Koroth Djaurdon. 



Mientras la masa de fuego devoraba y se arrastraba por su oficina, el cadáver de Everoy yacía inerte. Sus uñas, con las que había rasgado la mano de su asesino, aún mostraban pequeños retazos de piel putrefacta.

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