Déjales arder | Relato corto
Déjales arder
Rolek Drakentar
Imagen hecha por Mayra Espinosa |
Para Mayra
Recuerdo el día en que la víbora mordió a Ciara.
Ella y yo habíamos partido de nuestra aldea tan sólo el sol se levantó en el horizonte. Traíamos con nosotras dos sacos donde guardábamos nuestras pertenencias, así como la suficiente comida para una semana de viaje. Cuando llegásemos a Murchadh tendríamos una vida nueva como boticarias. Ya teníamos incluso el local que se volvería nuestra tienda. Ella y yo lo habíamos comprado usando casi todos nuestros ahorros y vendiendo la cabaña en la que vivíamos. Tenía veintiún años. Creía que quedaba tanto para enfrentar juntas.
Cuando comenzamos el trayecto, el bosque alrededor de nosotras parecía idílico. Los robles extendían sus ramas serpenteantes cubiertas de musgo, llenando el aire de un aura verdosa atravesada por los rayos del sol de la mañana. Ciara andaba feliz, y a menudo tomaba de entre las raíces nudosas algún que otro hongo o hierba medicinal.
—Para cuando lleguemos… Ya tenemos algo —decía sonriendo. Yo le sonreía de vuelta, y seguíamos nuestro camino. Ojalá pudiera haberla detenido antes de… El accidente. Pero pues… Ése era nuestro futuro.
Todo pasó mucho más rápido de lo que se podría llegar a pensar. Era un poco más del mediodía cuando Ciara vio una pequeña ramita con bayas en una pila de hojas. Era muérdago, así que ni siquiera lo dudó.
Cuando se inclinó para recogerla, vi de repente la figura alargada que salía de las hojas, disparada directamente su mano. Ciara cayó sobre sí, y con miedo se agarró el antebrazo. Corrí hacia ella y la tomé de la muñeca, mientras la víbora que le había mordido se deslizaba bajo las raíces de un tejo. Con asco y angustia vi las dos profundas incisiones que derramaban veneno y sangre.
Recuerdo lo mucho que grité. Me desgarré la garganta mientras Ciara solo me veía con pánico en sus ojos. Habíamos traído muchas cosas para nuestro negocio como boticarias. Y se nos tuvo que olvidar el maldito antídoto.
Intentamos volver por donde habíamos venido, pero fue inútil. No habíamos seguido un camino, pues en aquella época abundaban los ladrones. Nuestra única guía había sido el sol, que con cada segundo se perdía bajo las distantes montañas. Ciara no pudo caminar mucho tiempo antes de empezar a desvanecerse. Con cada pocos pasos le aumentaba la temperatura, y yo comenzaba a desesperarme. Me puse su brazo sobre los hombros e intenté llevarla así, pero no pasó mucho hasta darme cuenta de que estaba arrastrándola. Por si fuera poco, ya empezaba a oscurecer, y la luz roja pronto se convirtió en un tenue púrpura.
La tomé en brazos e intenté seguir, pero estaba claro que no llegaría a ningún lugar a tiempo. Ciara hervía, y vi que a los costados de la boca le salían dos pequeños hilos de espuma. Varios cientos de brazas después, mis brazos no aguantaron más. Me quedé sin fuerzas, y el desespero me consumió.
Recosté el cuerpo de Ciara junto a un roble y me arrodillé junto a ella, abrazándola mientras sollozaba. Estaba inerte y demasiado débil, casi como si le hubieran molido los huesos.
—Ciara… Ciara… Por favor, Ciara, por favor… No… No… Tenemos que volver… Ciara… —decía yo. Ella no parecía poder oírme.
Yo mantenía mis ojos cerrados conforme la abrazaba. Pensé en nuestra aldea… En nuestra cabaña… En nuestros recuerdos. En todo lo que nos quedaba por vivir. Las escenas que yo me había imaginado, de nosotras dos viviendo felices en Murchadh. Preparándonos el desayuno, leyendo junto a la chimenea, acurrucándonos entre las sábanas… Y eventualmente, una al lado de la otra, llegando a la vejez. Intenté convencerme de que era un mal sueño, pero el dolor en mis brazos y piernas me demostraron que no. La única reacción posible era llorar. ¿Realmente era este… Nuestro futuro?
No era lo que me habían prometido.
No era lo que me había prometido.
Pensé que quizá alucinaba cuando vi una luz brillante a través de mis párpados. Abrí los ojos, y me encontré que los árboles alrededor nuestro estaban bañados de una luz similar al reflejo de un estanque dorado. El suelo estaba cubierto de una niebla fina, casi cálida. Por un momento sentí que todos mis dolores estaban siendo curados. Y entonces él se manifestó, surgiendo del aire como si la niebla tomara su forma.
Era un ser alto de piel pálida y cabellos rubios. Los ojos eran dos cuencas profundas, desde las cuales salían dos líneas carmesí que atravesaban el largo de su faz. Llevaba una túnica brocada en plata y oro, y en la cabeza portaba una corona de hueso, similar a una cornamenta. Advertí que le salía de las sienes.
—Mortales —dijo con una voz profunda que recordaba a un arpegio—. De nuevo cruzamos nebulosos caminos.
Sonrió, mostrando una boca llena de dientes puntiagudos y demasiado separados entre sí.
Estaba tan devastada que, a pesar de su extrañeza, apenas y le presté atención. Si aquel ser iba a devorarnos, que lo hiciera. Ya no tenía fuerzas para seguir andando. Ni viviendo.
Sin embargo, a diferencia de lo que creía, no se acercó para sorber nuestra sangre, sino que caminó con la gracia de un emperador y con un gesto de la mano hizo que la luz se posara sobre el cuerpo de Ciara.
—Hum. Pobre fortuna de tan hermosa joven —siseó mientras hundía en ella sus ojos, que eran como salpicaduras de una noche estrellada—. Lástima que está a punto de reunirse con Crom.
—¿Qué quieres, espíritu? —mascullé. Poco importaba ya cualquier cosa que pudiera hacerme. No tenía nada qué perder.
—¿Preguntáis qué es lo que deseo yo? Nada, en verdad. Sólo he venido para ofreceros un pacto. La vida de esta delicada mujer aún puede ser salvada por las manos de Tír na nÓg.
Me le quedé viendo con la boca entreabierta. Por sus ademanes y tono, hablaba en serio.
—¿Qué quieres a cambio? ¿Mi alma? ¿Mi sangre?
—Oh, nada tan vulgar como aquello. La única condición que existe en el pacto no os hace perder nada. Sólo que comprenderéis, esta bella criatura no pertenece a este mundo sucio y amargo. Se quedará en mi palacio, en la tierra de la eterna juventud, donde nada le faltará. Vivirá entre la realeza de los Fata, portando vestidos de seda y consumiendo los más exquisitos manjares.
No sabía qué pensar. Claro que no quería que Ciara muriese. Era solo que… Ni siquiera en ese momento de ilusoria esperanza podía yo quedarme junto a ella. Al parecer estaba destinada.
—Únicamente si prometes que vivirá bien en Tír na nÓg —dije—. Sólo si allá será feliz. Más feliz de lo que hubiera sido conmigo.
—Os doy mi palabra, y sobre el nombre de Auberon hago el juramento —proclamó.
—Entonces —dije con esfuerzo—… Hazlo.
Temblorosa, me aparté para dejar a su vista el cuerpo de Ciara. El ser caminó hacia ella, y con un ademán de su raquítica mano levantó el cuerpo el aire. Con otro movimiento lo acercó hacia él, y se desvaneció junto con Ciara entre las nieblas arcanas. Se había ido. Para siempre.
Permanecí sola unos momentos, y poco a poco la luz dorada fue apagándose, sumiendo al bosque en las tinieblas. No me quedaban fuerzas tan siquiera para derramar más lágrimas. Simplemente cerré los ojos, y dormí.
No entraré en detalles sobre cómo aparecí al día siguiente al borde de mi aldea, ni de cómo tuve que rogarle al viejo Fergall por que me permitiera alojarme un tiempo en la vieja cabaña (al menos en lo que conseguía algún modo de recuperar el dinero del local en Murchadh). A pesar de que no me guste decirlo así, no tuve que preocuparme por mucho tiempo. A las dos semanas el viejo Fergall murió, dejando la cabaña a mi nombre en un último acto de bondad. Pero aquello no es importante.
Aunque, si soy totalmente sincera, no recuerdo muy bien aquel tiempo. Cada día que pasaba se sentía lento y tedioso, pero cuando llegaba la noche, tenía que preguntarme si en realidad había vivido otro día más. No había nada para diferenciar uno de otro, y realmente no sé cuánto tiempo transcurrió. Recuerdo que lo de Ciara fue cuando yo tenía veintiuno, pero hasta hoy no sé qué edad tengo. Debieron pasar más de seis años. Todos y cada uno en la misma rutina siempre: Volver a casa, dejar la comida sobre la mesa, comer en soledad e ir a mi habitación. Aunque esta era la parte que más temía.
Junto a la puerta aún estaban nuestros equipajes con los que partimos hacia Murchadh, y simplemente no tenía el valor de moverlos de ahí, el lugar hacia el que los arrastré cuando volví a casa. Cada vez que los veía ahí, enterrados bajo el polvo, tenía los mismos recuerdos, y en la noche me asolaban con terror. Sentía como si mi corazón hubiera sido atrapado en hielo. Entumecido, inmóvil, doliente. Y, aunque la deseaba, no había flama alguna que pudiera liberarlo. No así.
En la mejor de las ocasiones tenía pesadillas. En la peor, eran sueños tan hermosos y alegres que mi vida parecía un triste eco de ellos. Cuando en alguno podía estar junto a ella, me despertaba arrepintiéndome de no haberla besado una última vez.
Una de esas noches escuché a Ciara llamándome desde lo profundo del bosque. “Saoirse”, decía. “Por favor, Saoirse… Ven conmigo… Te extraño”. Supe que soñaba, y en vez de disfrutar la dulce ilusión, hice esfuerzos por despertarme.
Cuando abrí los ojos, lo primero que creí fue que estaba amaneciendo. Pero no era así. Por la ventana entraba a la habitación un fulgor conocido… Con un color similar al reflejo de un estanque dorado.
Nunca he vuelto a correr tan rápido en mi vida, ni creo volver a hacerlo. Conforme me adentré en el bosque el brillo se hacía más fuerte y mágico, hasta que finalmente la vi. Flotaba en medio de las nieblas, con su lacio cabello negro ondeando en brisas que acariciaban su piel. Portaba una túnica verde y dorada que parecía estar hecha completamente de seda, tan delicada como sus ojos. Quise abrazarla, pero antes de que pudiera tocar su mano, ella me pidió que me detuviera con un gesto ligero y suave. Se sintió como una patada en el estómago.
—No… Saoirse…
—¿Ciara? ¿Ciara, qué pasa? —grité— ¿Por qué no puedo acercarme?
—Saoirse… —murmuró con un rostro amargo—. No podemos tener contacto. Si tenemos contacto —tartamudeó— … No podré volver a verte. Nunca.
—¿Qué? ¿Cómo que…? ¿Por qué?
—Yo soy la primera que quiere abrazarte —dijo con la voz quebrada—. ¿Cuántos años han sido? Creí que no te volvería a ver nunca.
—Ciara… Ciara…
Cuando consiguió calmarme, me hizo sentarme bajo uno de los árboles para que pudiéramos hablar con tranquilidad. Ella se sentó frente a mí. Yo estaba confundida. Tantos sentimientos… Y todo lo que podía sentir era frustración. De que Ciara y yo no podríamos vivir juntas. Pero me dispuse a escucharla, pues al fin y al cabo, poder hablar con ella era un milagro. Uno que yo no quería desperdiciar.
Aquella noche me lo contó todo.
Habló del lugar en el que había vivido durante todo el tiempo en que habíamos estado separadas. De sus montañas púrpureas y los bosques titánicos. De la música que flotaba en el viento, y de las cortes de aquellos seres. Fata, les decía con la voz temblorosa, pronunciando sus nombres con murmuros, como si intentara evitar que la oyeran.
Me dijo el terror que le generaban sus rostros pálidos, sus ojos oscuros y sus dientes de barracuda. Y cómo se había rehusado procrear con aquel ser extraño que se la llevó en mitad de la noche. El Fata le había permitido aparecer en este mundo para poder verme entre las nieblas, pero con la condición que había puesto, ni ella ni yo sabíamos si se trataba de un acto de compasión o de una tortura como veneno dulce.
Permanecí con ella, hablando sobre todo lo que no había podido hablar desde que nos habíamos visto por última vez. Las horas fueron segundos. Únicamente el amanecer nos hizo darnos cuenta del mundo que existía más allá de los ojos de la otra. Ciara me dijo que debía irse antes de que el sol se levantara sobre el horizonte. Aunque me dolió despedirme, prometió que volvería tan sólo el Fata se lo permitiera. Así que le dije las palabras más hermosas que pude pensar, y la vi ser consumida por la neblina. Estuve mirando fijamente el árbol donde había estado sentada hasta que el cuello me comenzó a doler.
De cierto modo, aquello sólo consiguió reabrir una herida que, si bien no había cerrado, al menos había dejado de sangrar. Fue como si me hubieran arrebatado a Ciara arrebatado de nuevo, y me di cuenta de lo triste y vaga que era mi vida. Ahora estábamos forzadas a ver cómo crecíamos lejos la una de la otra, tentándonos con una imposible esperanza. Como si la jaula de hielo de mi corazón se hubiera hecho más estrecha, y con cada latido lo atravesara una esquirla.
Las semanas que siguieron fueron dolorosas. Pero esta vez fue como si mi corazón hubiera sido curado, únicamente para volver a enfermar. Veía a las parejas alegres del tiempo en que Ciara y yo aún vivíamos juntas. Ahora tenían hijos y se les veía mayores, pero a diario salían a trabajar a sus campos sonriendo. Por mi parte, mi única compañía era el maldito equipaje tirado junto a mi habitación. Lo veía y de nuevo pensaba en el hubiera: Murchadh, nuestro local, las noches junto a Ciara…
¿Por qué? ¿Por qué no pudo ser ese nuestro futuro?
Había noches en las que no tenía fuerzas para ir a la habitación y me quedaba dormida frente a la chimenea. Ahí observaba cómo el fuego devoraba los troncos. Me tranquilizaba verlos arder.
Me reencontré con Ciara un par de veces más, y aunque no me resistía a verle, lo hacía con miedo. Porque cada vez que la veía me daban unas profundas ganas de romper en llanto. Después del primer encuentro con ella, había adquirido cierto temor a escuchar voces dentro de mis sueños. Eso cambió en una noche de Imbolc. Nevaba, y la chimenea me arrullaba con su crepitar.
Estaba yo en medio de un sitio oscuro. Bajo mis pies sentía algo que se despedazaba. Carbón. Y de repente, en medio del aire surgió una chispa. Se expandió, y se convirtió en una enorme conflagración que hizo un círculo flamígero alrededor de mí. Entonces vi surgir flotando de las llamas a una figura en posición fetal. Su piel asemejaba el bronce, con cabellos que serpenteaban como ígneos látigos. Poco a poco apartó sus brazos y sus piernas, extendiéndose como si fuera una orquídea naciendo. Vi sus ojos, como plata derretida, y escuché su voz vibrante.
—Hola, mortal —dijo mientras pequeñas flamas le salían de los labios—. Mi nombre es Aillen Mac Midhna, y yo… Quemo.
No temí. No me inspiraba miedo. Al contrario. Sentí dentro de mi alma una ráfaga de emociones que me tensó los músculos.
—¿Qué buscas de mí? ¿Qué es lo que quieres? —exigí saber.
—¿Qué busco? —rio—. Pero si tú me has llamado
—Yo no te llamé. Yo no he llamado a nadie.
—Lo has hecho. Has invocado mi nombre en silencio desde hace siete años. Tu corazón anhela mi presencia.
—Pero… ¿Quién eres?
—Te lo he dicho ya. Mi nombre es Aillen Mac Midhna. Y yo quemo. He venido para convertir en cenizas a aquello que te acosa en la oscuridad. Cuando despiertes, llámame. Estaré esperando.
Me desperté sintiendo las perlas de sudor deslizarse por mi frente. De inmediato me levanté de la silla, y sin arreglarme el cabello ni abrigarme para el frío, tomé el equipaje empolvado y salí en medio de la nevada.
Hice la hoguera en medio de un claro del bosque, usando la mejor leña que tenía. Era enorme, con casi una braza de diámetro. Cuando la encendí, me quedé quieta observando las llamas crecer. De la chispa fue surgiendo la conflagración, hasta que las lenguas se levantaron como un ave en vuelo, y comenzaron a relamer la leña. Entonces, decidida, lancé el equipaje hasta dentro de las llamas. Lo que allí había estalló y se cubrió rápidamente de la marea ígnea. En ese instante lo vi a él salir de mi pecho y saltar hacia la hoguera. Aillen, danzando con éxtasis en sobre viento y el humo, cantó con énfasis un solo verso.
—¡Déjales, déjales, déjales arder!
Cuando mis ojos escocieron las suficientes lágrimas, me sentí limpia. Pura. Como no había estado en mi vida. Y entonces caminé hacia el bosque, viendo los ecos de la luz dorada en la distancia. Dejé que todo lo demás ardiera, y entré yo sola al encuentro con Ciara. Por que las llamas me revelaron con su crepitar que ese, y únicamente ese, era nuestro futuro.
Semejante pedazo de basura xD
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